Fernando Barros, delincuente.
El negro espejo era una mala persona, su única virtud era ser un magnifico win izquierdo, habilidoso y con una pegada de chanfle que dejaba a los arqueros mirando el ángulo donde entraba la pelota, por eso cuando me dijeron que lo habían matado en Bower, la sorpresa no fue tanta como la nostalgia que me daría de no verlo jugar de nuevo en la canchita del barrio o que me preguntara como había salido en un examen.
Nos conocimos una calurosa siesta de diciembre del 81, yo estaba cazando lagartijas en el baldío del barrio, a la vuelta de mi casa, con Gabriel, cuyo sobrenombre “el ave negra” sería un anuncio de mal augurio para mis padres, por lo que mi vieja me prohibiría, sin éxito, verlo seguido. Tenía 11 años, igual que Gabriel, y una puntería extraordinaria con la gomera.
El, se descolgó al baldío de la tapia que daba a la casa de doña Marta, traía una bolsa con algo parecido a una botella de vino, nos miro unos segundos y se puso a orinar a unos metros de nosotros , tenía 19 o 20 años, su piel era trigueña, su cabello negro y lo llevaba corto, delgado, muy alto para un niño de 11 años, y se notaba lo fibroso de su cuerpo solo con verle los brazos.
Termino de orinar, se sacudió, nos miro de reojo y se presento como Fernando Barros, luego, me robo la gomera, las dos lagartijas que había cazado, unas monedas que mi vieja me dio para caramelos y me metió un chirlo que me dejo la oreja a rojo fuego, "pa que vayas teniendo" me dijo. Igual suerte corrió Gabriel, pero la cachetada no fue tan dura, a mi humilde entender.
El negro espejo siguió con demasiado interés mi paso por la secundaria, y luego cuando ingrese a la universidad y tenía un examen parcial o final, cuando podía, me esperaba en la parada del colectivo, y me preguntaba como había salido en el examen, aun me duele la patada en el culo que me dio cuando me bocharon en Álgebra, estaba en 2do año de Sistemas de la Tecnológica y tenía 18 pirulos.
Este seudo padrinazgo por parte de él me dio cierta clase de status entre el ampa local, me llamaban el espejito, nunca me maltrataron, robaron o golpearon en el barrio.
Jamás, jugando al fútbol, me entraron muy fuerte los contrarios, y aunque mis viejos no quieran admitirlo, sabían que no me pasaría nada, si estaba con el.
Era ladrón, asaltante, ventajero, usurero, mujeriego, robaba coches, casas, a las personas en otros barrios, no tenia ninguna virtud, salvo su habilidad en el fútbol, y ese extraño cariño por un muchachito de barrio que tomo como ahijado cuando le robo dos lagartijas muertas en un baldío, tal vez para velar que no corriera su misma suerte.
Estaba en los últimos años de mi carrera, cuando me contaron en la despensa de la esquina, donde tantas veces tomábamos algo sentados en la vereda, que lo había agarrado la policía robando en una distribuidora de alimentos y lo enviaron a Bower porque ya tenía antecedentes. Hubo una pelea con otro reo, me dijeron, y murió en agosto del 97, con tres puñaladas en la espalda, dos días después que lo fui a visitar y mostrarle mi titulo de Ingeniero.


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